Lo que la Historia es… para Justo Serna

Por . 13 noviembre, 2019 en Discusión histórica
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Si queremos comprender la realidad, el pasado también, necesitamos —lo dice el historiador Justo Serna— “recursos intelectuales, habilidad retórica y honestidad crítica. Las posiciones catastrofistas no valen. El adanismo, menos aún.”

El profesor Serna ha escrito diversos libros sobre la Historia como disciplina. Ahora me voy a permitir reseñar lo que sobre el oficio de los historiadores ha escrito Serna en su libro Historia y ficción. Conversaciones con Javier Cercas, respecto del que yo mismo he reflexionado ya en diversas publicaciones.

 

Lo que la Historia enseña

Los historiadores se dedican, afirma rotundo Serna, a “emprender, aprender y exponer”. Efectivamente, el oficio del historiador consiste en investigar, conocer y explicar.

 

“La Historia es una disciplina de conocimiento y es a la vez el objeto que investigan sus oficiantes: esos profesionales que investigan y a los que llamamos historiadores. El mismo rótulo designa el nombre y la cosa, el conocimiento y el objeto de conocimiento, que es el pasado. Pero lo pretérito no existe. Sólo nos quedan vestigios de un mundo ya desaparecido”.

 

Accedemos a ese tiempo pasado por medio “de restos y testimonios”, a través “de las huellas materiales e inmateriales que nos quedan”.

Al saber en qué acertaron y en qué se equivocaron nuestros antepasados conseguimos iluminar nuestro futuro de alguna manera, pues de esas certezas podemos sacar partido. ¿Para qué? Para conducirnos mejor, “con mayor conocimiento, sensatez y juicio”. Y de esa manera evitaremos que nadie manipule aquellos actos y aquellos hechos pretéritos y desvirtúe el verdadero sentido que para nuestros ancestros tenía lo que hacían y lo que vivían. Podemos extraer por tanto enseñanzas del pasado, desde luego. Pero…

Eso sí, Serna nos advierte:

 

“Tal conocimiento no nos libra de elegir, de errar o de atinar. El estudio apasionado y desapasionado del pasado nos proporciona información y prudencia. Apasionado implica empecinamiento y racionamiento. Desapasionado no es desinteresado: los historiadores leen las huellas del pasado con mucho interés, por puro interés, por interés propio.”

 

La objetividad en la Historia

Es la objetividad, amigos. La famosa objetividad de los historiadores. ¿Existe la objetividad? Ha de existir. Sigamos con el razonamiento del profesor Serna, para quien “los historiadores procuran guardarse sus anhelos, sus filias y sus fobias o sus rencores a la hora de” llevar a cabo su oficio. La objetividad es un “noble sueño” por el que los historiadores se dejan, nos dejamos, guiar.

¿Qué es la objetividad? Responde Justo Serna: es “una posición de neutralidad responsable”.

Cuanto costosamente recuperamos del pasado nos da “conocimiento, sensatez, placer intelectual, saber propiamente dicho e incluso sabiduría, no venganzas o reparaciones retrospectivas. Tampoco resignaciones”. Pero nada nos libra finalmente de nuestra capacidad de decisión, de nuestra obligación de decidir:

 

“No hay fatalidad o determinismo, no hay hechos que no puedan ser interpretados y reinterpretados, no hay elecciones pretéritas que anulen el presente”.

 

Nada de cuanto recuperamos del pasado nos libra de tener que decidir. Nada. Lo que no quita para que admitamos, insisto, insiste Serna, que “del pasado obtenemos enseñanzas válidas”: en el pasado encontramos parentescos, situaciones y seres humanos que se asemejan a nuestras situaciones y a nosotros mismos. Se trata de un conocimiento al que llegamos por analogía.

 

La utilidad de la Historia

descargaLa Historia, el conocimiento científico (la palabra es mía) del pasado, es útil para “sopesar nuestros actos, evaluar sus posibles consecuencias” y juzgar cuanto acometemos. Por eso es convenientemente saber cuanto más podamos sobre lo que sucedió o dejó de suceder en aquel pasado desaparecido.

El objeto de conocer el pasado no es salvar o condenar a nuestros antepasados. No somos mejores que ellos, pero la Historia (el conocimiento del pasado) nos ha ayudado a desterrar “ciertas prácticas, costumbres o ideas que ahora consideramos nocivas, bárbaras, atrasadas o incluso inhumanas”.

 

La naturaleza humana no cambia sustancialmente: cambian nuestras circunstancias y el proceso histórico así lo prueba”.

 

Dado que el progreso existe realmente, podemos decir que somos mejores que nuestros antepasados, sí. Pero seguimos siendo capaces de lo peor, pese a que la civilización “nos haya pulido”. Si no hubiera castigos morales, propios o comunes, legales o sociales, nuestro refinamiento producto del progreso se desvanecería y “volveríamos a las andadas”. Mas, al saber lo que nuestros antepasados hicieron, sus actos heroicos, pero también los viles, evaluados “con ecuanimidad, distancia y criterio”, somos capaces de “afinar nuestros valores”. Nos juzgamos mejor al juzgar a nuestros ancestros. (No estoy muy seguro de que la Historia se encargue de juzgar, pero creo que Serna se refiere al uso que de la Historia hace la sociedad civil, pues de sus enseñanzas ésta extrae elementos de juicio sobre los actos pretéritos.)

No se es mejor gracias al conocimiento del pasado, pero, afirma Serna, si se tiene sentido común, criterio, y uno se documenta, entonces lo normal es acabar por comportarse incluso con rectitud, pero al menos se actuará con tiento y prudencia. Se dispone de datos, de conocimiento suficiente como “para sospechar que se están haciendo locuras o maldades”.

 

Ser historiador enajena

En las páginas 262 y 263 de Historia y ficción. Conversaciones con Javier Cercas, el maestro de historiadores que es Justo Serna escribe una memorable lección para quienes amamos este oficio. No me resisto a reproducirla:

 

“En cierto sentido, ser historiador permite librarse de pasados que conocemos y contrastamos. Pero ser historiador también enajena. Por una parte, ser historiador te hace pervivir y te hace revivir un pasado que no existe, que no puedes alterar y que no puedes cancelar: no existe porque propiamente no puedes residir en él ni puedes enmendarlo. De ese tiempo pretérito sólo quedan restos materiales en la ciudad que pisas, en los textos que consultas, en las fotografías que contemplas, en los libros que lees, en las lecciones generales, en la posmemoria que te forma: esas trasferencias orales o escritas de tus mayores que pasan a formar parte de tu propia experiencia. Pero ese pasado no es exactamente tuyo. En realidad, es un patrimonio material e inmaterial que debes cargar evitando que te aplaste. Por ello, si quieres ser riguroso, intentas examinarlo o recrearlo documentada y cuidadosamente, con cierta aprensión, sin nostalgias reparadoras.

No sé si recrearlo es la palabra adecuada. En realidad, compones un pasado que, en tu versión, jamás existió. La combinación de documentos te hace ver lo que nunca fue así y que tú, ahora, construyes queriendo ser fiel, verdadero, riguroso. Al mismo tiempo, te sientes compelido a exhumar lo pretérito. Estamos en la era de la conmemoración, de la celebración de las identidades, en la exaltación de los antepasados y los testigos.

Por eso, aun siendo historiador, sientes que la sobresaturación histórica, que la presencia de lo remoto, te agosta, te incapacita. Sientes, en fin, que no puedes rendirte a lo pretérito. No basta con proclamas ni con un pasado embellecido. ¿Entonces? Debes contrastar el presente con el pasado. ¿En qué hemos mejorado? ¿Qué nos distancia? Debes traer lo pretérito para conjurarlo y así alejarte. Y para ello has de conocer el detalle de lo que te pasa, la carga que estás obligado a acarrear. Quizás logres desembarazarte de ella, pero antes habrás de soportarla”.

 

Magistral Serna. Gracias, profesor. Y a ti, lector, espero que leer esto te sirva para no dudar sobre la verdadera naturaleza del oficio de los historiadores, de eso que en realidad es la Historia.


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José Luis Ibáñez Salas nació en 1963 en Madrid. Se licenció en Filosofía y Letras y se especializó en Historia Moderna y Contemporánea. Editor e historiador, fue el responsable del área de Historia de la Enciclopedia multimedia Encarta, ha dirigido la colección Breve Historia para Nowtilus y ahora es promotor de nuevos proyectos en Sílex ediciones. Asimismo, dirige la revista digital Anatomía de la Historia y es editor de Santillana Educación y socio fundador de Punto de Vista Editores. Su último libro en Sílex ediciones es El franquismo.

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