Ley, gobierno, libertad: de Justiniano a Juan de Mariana

Por . 11 diciembre, 2019 en Discusión histórica
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El poder, la democracia, los reyes y la soberanía, imperio y democracia. Sobre todo esto hay mucho que decir. Este texto girará en torno a la dicotomía Rey/Reino (¿restricción o responsabilidad?) Comienzo…

 

La caída del ideal de libertad

detalle-diptico-barberini-740x420La idea del poder omnímodo del emperador, del príncipe (en su faceta intelectual y elegante), no hizo más que crecer durante el Bajo Imperio romano. En este sentido, la égida de Constantino, con la supeditación de la idea de poder al designio del dios semítico de la Biblia, que unge al Rey para que gobierne a los hombres, fijó la idea de que el príncipe ha de estar por encima de las leyes. Por eso, cuando el emperador bizantino Justiniano (482-565 d. C.) dictó su célebre código, que consagraba la autoridad de la voluntad imperial libre de las barreras de la Ley, la convicción primordial de que la legislación debe servir para proteger la libertad del individuo fue relegada al olvido durante mil años.

De una manera notable, pues, la irrupción de una religión revelada como el cristianismo —construido con presupuestos de raíz muy diferente a la clásica, donde un Dios omnipotente unge a los príncipes para que gobiernen a los hombres (del modo que hizo el profeta Samuel con el pastorcillo David)—, determinó la caída del ideal de libertad, ya que bajo esos presupuestos de partida, la vida de los súbditos no depende tanto de las leyes de las que se doten, sino de la superior voluntad de aquel que ha sido elegido por la divinidad para ostentar el poder terrenal. Existe aquí un predominio de la ley revelada sobre la ley natural, una norma, además, optimizada para obtener beneficio moral no sobre la Tierra, sino, como decía el judío islámico Maimónides, “en el mundo que vendrá”. Este será siempre el límite para los teóricos cristianos, aún para aquellos que como San Agustín o Santo Tomás de Aquino pretendían congraciar la filosofía clásica con la religión cristiana, apreciando y admitiendo la inspiración de Platón y sobre todo de Aristóteles. Así, el Aquinate, en su Summa Teologiae, señala como deseable el estudio de la filosofía clásica pero colocando al lado y en un plano superior a las verdades reveladas, esto es, la doctrina sagrada.

El muy conocido panorama de sociedad cerrada medieval, privada de toda permeabilidad entre estamentos, con un férreo muro de separación entre dominantes y dominados, parece a primera vista permitir pocos resquicios a la libertad pública. De hecho, la fragmentación del poder, las relaciones de dependencia personal que sustituyen el papel del Estado, la concepción tripartita de la sociedad que había descrito Alcuino de Yorkoratores (clero), bellatores (la nobleza guerrera) y laboratores (la general servidumbre del campesino ligado de por vida a la tierra que le vio nacer)—, son realidades que describen aquel mundo feudal como un lugar lóbrego para los amantes del individualismo y la libre circulación de bienes, personas y pensamientos.

Existe aquí una larga línea de pensamiento llena de autoconmiseración y deseo de que “alguien” se ocupe de liberar a la sufrida población de las cadenas feudales que la atenazaban. Esto no se lograría desde luego con misiones salvíficas, sino por la directa evolución de las cosas. La restauración de los mundos urbanos y con ellos del comercio y la aparición de aquellos burgueses que comenzaron a construir catedrales y a poblar ciudades hizo más por la restauración de la libertad legal que el mejor de los tratados utópicos.

 

Gubernaculum y Iurisdictio

71wk5j7nvlNo obstante, no todo fue feudalismo y dominación en el mundo medieval. En algunas parcelas y formas del Derecho siempre se puede rastrear la pervivencia de cierta consciencia de que la Ley, lo consuetudinario, salvaguardaba de algún modo la resistencia de la población ante los abusos de los poderosos. Así, en 1940, el premio Pulitzer y profesor de Historia Constitucional, Charles Howard McIlwain, dio a la imprenta su obra definitiva, construida pacientemente con miles de notas acumuladas a lo largo de los años en su pequeño despacho de Harvard. La llamó Constitucionalismo antiguo y moderno, apenas 160 páginas en su edición original de la Cornell University Press, que ejercieron una extraordinaria influencia en todos los que con posterioridad se ocuparon de analizar los entresijos de la relación latente entre los súbditos y el poder que, mal que bien, los gobierna.

Descubrió entonces McIlwain una vieja dicotomía que aparecía reiterada y machaconamente en cualquier texto que tuviese que ver con el pacto entre gobernantes y gobernados, desde las categorías jurídicas medievales, hasta las constituciones modernas. Tal binomio se refería, en esencia, al difícil equilibrio que se podría apreciar entre lo que precisaba regularse, incluso prohibirse y lo que debería en pura justicia dejarse al buen criterio y a la recta razón del hombre. Habló entonces de restricción frente a responsabilidad, contemplando los múltiples matices que tenían cabida entre tales límites, concluyendo que la experiencia aconsejaba restringir sólo lo inevitable y confiar en los altos niveles de responsabilidad que podían apreciarse sin dificultad alguna en las sociedades abiertas.

Es en esta obra donde McIlwain nos descubre la existencia de las categorías del Derecho medieval llamadas de Bracton (Gubernaculum y Iurisdictio). Así, Gubernaculum sería el gobierno del Rey en sentido estricto, de claro carácter ejecutivo, mientras que Iurisdictio son “esos derechos vinculantes de los súbditos que están totalmente fuera y más allá de los límites legítimos de la autoridad real”. Es decir, que, frente al poder omnímodo del príncipe, cabía aún el mantenimiento de ciertas parcelas de responsabilidad individual que los súbditos procuraban cultivar y mantener, utilizando para ello el recurso jurídico, el amparo de las leyes del Reino. No todo se había perdido. Dicho de otra manera, lo ejecutivo siempre encontraría enfrente a lo consuetudinario, la common law, que había permitido, por ejemplo, la redacción de la Carta Magna inglesa en tiempos de Juan sin Tierra.

Y, en este sentido, no podemos olvidar aquí la concepción tradicional española del Derecho sobre el Rey, con los grandes teóricos de la limitación de poderes a la monarquía de nuestra Escuela de Salamanca: Francisco Suárez, Francisco de Vitoria (“todo el poder del Rey viene de la nación, porque ésta es libre desde el principio”) y Fernando Vázquez de Menchaca, cuyas premisas son bien conocidas. Resultan muy significativas, por ejemplo, las apreciaciones de Menchaca hablando de las leyes que han de regir a un pueblo:

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“No están sometidas a la voluntad del Príncipe y, por tanto, no tendrá poder para cambiarlas sin el consentimiento del pueblo, porque no es el Príncipe señor absoluto, sino guardián, servidor y ejecutor de ellas”.

Es sabido que el jesuita Juan de Mariana quiso llegar aún más lejos con su teoría del tiranicidio:

“En el supuesto de que el Rey vejara a todo el Reino con sus costumbres depravadas y su reinado degenerase en una manifiesta tiranía, ¿cómo podría la comunidad en que gobierna despojarlo del Reino e incluso de la misma vida, si fuera necesario, si no hubiese retenido una potestad mayor que la que sus representantes delegaron en el Rey?”.

 

Una vez más, la Ley como entidad superior al gobernante, el último baluarte del cuerpo social, el Reino, frente al abuso institucionalizado.


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Nací, muy afortunadamente, en la luminosa ciudad de A Coruña en 1961. Aunque la pasión por la Historia la viví desde siempre al lado de mi padre, soy formalmente historiador desde mi licenciatura en Historia Moderna por la Universidad Compostelana (1984), luego amplié estudios de doctorado en Madrid y obtuve la especialidad en Historia Económica en el Istituto Internazionale Francesco Datini de Prato (Florencia), donde tuve la dicha de conocer al gran Fernand Braudel el año de su muerte. Mi labor investigadora se ha centrado en el estudio de los intendentes españoles del siglo XVIII y, últimamente, en su relación con el desarrollo de la construcción naval en ese período, fruto de lo cual han sido un buen número de artículos y colaboraciones que han visto la luz a lo largo de estos años. Paralelamente soy catedrático de instituto e inspector de Educación. Desde que en 2003 publiqué en la editorial Edhasa la novela histórica Sartine y el caballero del punto fijo, lo cierto es que centro buena parte de mi esfuerzo en la literatura. En 2006, he publicado en la misma editorial El Gran Capitán, mi segunda novela. El pasado año 2010 , publiqué, nuevamente en Edhasa, Sartine y la guerra de los guaraníes, segunda parte de las aventuras de Nicolás Sartine, y la versión en pocket de El Gran Capitán, además de una Breve historia de los Borbones españoles y, ya en 2013, Breve historia de Napoleón, como la anterior para la editorial Nowtilus, y España, la crisis del Antiguo Régimen y el siglo XIX, para Punto de Vista Editores.

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  1. gravatar adalberto ceferino queirolo Responder
    marzo 22nd, 2020

    Despues de leer algunos articulos me convenci de que tan grande es la literatura de nuestra madre patria, que es rica en todo. Yo algo sabia, porque lo aprendi en la escuela primaria, alla por los años 50. Hoy estoy agradecido de lo que aprendi y estoy aprendiendo con ustedes. Desde Argentina les envio un fraternal abrazo. Adalberto Ceferino Queirolo.