Comprendiendo la violencia política: lectura del Premio Nacional de Historia español de 2020

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retaguardiaRetaguardia roja. Violencia y revolución en la Guerra Civil española, de Fernando del Rey Reguillo, editado en 2019, ha conseguido este año el Premio Nacional de Historia. Su autor es un historiador de los que intentan “escribir sobre un tema tan puñetero no tratando de juzgar, sino de comprender”. No de los que escriben para una audiencia atrapada en el trauma o en la estulticia. Un libro del que he leído detenidamente su epílogo y sus conclusiones, porque he de comenzar por aclarar que, pese a su título generalista, lo que estudia en profundidad es lo acaecido en aquello años violentos en la provincia de Ciudad Real.

Las dos citas con que Del Rey abre su libro son suficientemente significativas, muy en la línea de cuanto expuse yo mismo en mi reciente La Historia: el relato del pasado.

 

“Un historiador no es abogado de una causa. Su única obligación es conocer el pasado con el máximo rigor posible y explicarlo en los términos más racionales posibles. Intentemos entender todos los problemas, todas las situaciones y todos los personajes, en su complejidad. No ocultemos los aspectos negativos de aquellos que nos parecen menos culpables. Y, por supuesto, nunca orientemos nuestra recogida de datos en favor de una tesis que de antemano hemos decidido defender”.

José Álvarez Junco

“El oficio de historiador exige no detener nunca la formulación de preguntas en el límite de lo que puede ser bien recibido por un determinado grupo o servir a una determinada causa, como suele ocurrir cuando es la memoria la que representa el pasado”.

Santos Juliá

 

La paz de los cementerios

‘La paz de los cementerios’. Así es como Del Rey titula el epílogo de Retaguardia roja…. Habla en él de la represión que siguió a la ejercida en la zona republicana (en algunos casos, no en el de la provincia de Ciudad Real, esa violencia de los sublevados se venía ejerciendo ya al mismo tiempo que tenía lugar la roja).

 

“Tal como sucedieron los acontecimientos, aquello pareció el reverso milimétrico de lo acontecido en los primeros días después del golpe de 1936, cuando los ciudadanos contrarios a la rebelión militar se aprestaron a efectuar detenciones masivas de los derechistas considerados peligrosos”.

 

Porque quienes lucharon a favor de la República de abril del 31 (o quienes la usaron como coartada para sus intereses y deseos de gloria revolucionaria) perdieron aquella guerra. Y para los que la ganaron, el golpe que la provocó “fue un acto plenamente justificado”. No podemos olvidar eso. Mucha gente estuvo convencida de la legitimidad moral de combatir violentamente el poder del Frente Popular desde el verano de 1936.

 

“Es más, en su afán denigratorio de la experiencia republicana llegaron a considerar legítimos, y por lo tanto no delictivos, todos aquellos actos políticos que hubieran vulnerado la legalidad entre el 14 de abril de 1931 y aquella fecha, incluidos los que tuvieron derivaciones violentas, siempre que hubieran obedecido a los postulados defendidos por los inspiradores de la rebelión”.

 

unnamed-3El Nuevo Estado surgido de la victoria en la Guerra Civil tenía dos componentes primordiales: un perfil militar de carácter contrarrevolucionario y antidemocrático y haber sido constituido “desde sus cimientos fundacionales” con la violencia como ingrediente clave.

 

“En virtud de ello, se fijaron como objetivos preferentes la captura, enjuiciamiento y represión de los dirigentes y militantes «rojos» más destacados, de ahí los complejos mecanismos interpuestos para lograr apresarlos, entre ellos impedir la libre circulación de las personas y la estricta regulación de la expedición de salvoconductos en el territorio nacional”.

 

España, toda ella, todo su territorio, se convirtió en 1939 en “un auténtico universo carcelario”, tal y como indican, resaltando aquella evidencia, no pocos historiadores. En los primeros meses tras la victoria definitiva de los levantados contra el régimen republicano, la dictadura franquista dirigió miles de sus decisiones hacia un objetivo incontestable: “la vigilancia, captura, encarcelamiento y/o castigo de los derrotados”.

Si se compara con los muertos ocasionados por la violencia revolucionaria entre el 36 y el 39 (“prácticamente todos por violencia directa”), los muertos resultantes de la ejercida por los vencedores son casi todos debidos a “ejecuciones dictadas por los tribunales y muertes extrajudiciales”.

 

Las dos violencias

Para la provincia de Ciudad Real, que no olvidemos que es el objeto fundamental del libro de Del Rey (a cuyas generalizaciones finales es a las que vengo prestando atención), los muertos por la violencia revolucionaria entre 1936 y el final de la guerra fueron 2.292, en tanto que los asesinados o ejecutados en la posguerra (por la represión franquista) sumaron 2.758.

 

“La represión de la guerra estuvo en vigor menos de tres años, mientras que la de posguerra se prolongó durante más de una década. Aunque también se palpó otra diferencia esencial: la represión revolucionaria se produjo en un contexto de sublevación militar y guerra civil, mientras que en la de posguerra tal contexto ya no existía. Pese a lo cual, los vencedores no estuvieron dispuestos en absoluto a perdonar o a propiciar la reconciliación, sino todo lo contrario, puesto que los derrotados, a ojos de aquellos, constituían la Anti-España”.

 

No obstante, es muy de tener en cuenta el hecho de que “la verdadera singularidad de la posguerra en materia represiva con respecto a la guerra vino marcada por los centenares de muertos motivados por la deficiente alimentación, las carencias sanitarias y la horrible vida carcelaria en general. No fueron víctimas ocasionadas por la violencia política propiamente dicha, pero las produjo el entramado punitivo de la dictadura”.

Todas estas víctimas de violencia política, las debidas a las filas revolucionarias y las causadas por los franquistas, se inscribieron en un proceso político que se remonta al menos hasta abril de 1931, si bien de manera decisiva a partir del fallido golpe de julio de 1936, “infinitamente más determinante que octubre de 1934”. Para Del Rey, en aquella escalada de violencia “las izquierdas obreras se llevaron la palma en la activación de la desestabilización de la convivencia” hasta aquel mes de julio del año 36, si bien es a partir de ese momento cuando el acontecimiento determinante del estallido de brutalidad pasó a ser directamente el golpe militar (fruto de una conspiración de largo aliento).

 

“Sin tales maquinaciones, los españoles difícilmente se hubieran despeñado en el abismo de la violencia de guerra, por muy tensa y conflictiva que fuera la situación del país en los meses previos, que indiscutiblemente lo fue en muy alto grado”.

 

La violencia revolucionaria (la de la retaguardia roja del título) fue “en último término, aunque no de forma exclusiva, una respuesta al golpe y al avance imparable de los sublevados en los primeros meses de la conflagración, cuando se halló en disputa el control del territorio”. Es evidente que no se trata de que “todo empezara de cero a partir de la insurrección”, pues hubo conflictos, rupturas y violencias previos (“⁠aunque fueran de mucha menor intensidad que la violencia de guerra⁠”)⁠, fenómenos los cuales “se remontaban mucho más atrás”. Acabaron resultando muy útiles para estigmatizar al adversario “la ideología, la cultura política, los valores antidemocráticos y las retóricas de intransigencia sostenidos por los actores protagonistas de la brutalización de la política que marcó aquel tiempo histórico”.

La represión emprendida por la dictadura franquista respondió a la aplicación de “la política de la venganza” (en expresión de Paul Preston), y ello en la lógica de un proceso que Del Rey cataloga de acción-reacción-acción. Allí donde había habido una represión de retaguardia en los territorios bajo el poder republicano (como la provincia analizada en este libro), “la represión de posguerra fue una respuesta directa a lo que había sucedido antes en ellos”. Las víctimas en estas zonas han de ser analizadas “en su interacción al formar parte de un mismo proceso dialéctico”. Muchas (en modo alguno todas) de las víctimas de posguerra fueron anteriormente victimarios (cuanto menos sin ser directamente culpables fueron parte del engranaje represor), como a la inversa muchas de las víctimas (tampoco todas ni mucho menos) o sus allegados o familiares fueron “cómplices o colaboradores, voluntarios o involuntarios, de los ejecutores de la posguerra”. Como en un espejo, en Ciudad Real, y en tantos territorios españoles, ambas violencias represoras tuvieron unas mismas “fuentes inspiradoras”: el radical maniqueísmo, la retórica demonizadora, la deshumanización y la eliminación simbólica y física. Todo ello bajo un “despliegue de terrible crueldad”.

La represión en las zonas que habían estado dominadas por los revolucionarios tuvo lugar en medio de “un clima exaltado de venganza primaria” alentado por los allegados de las víctimas y por el Nuevo Estado. Fue la respuesta de quienes se hundieron en el odio a ultranza y en la “aplicación brutal de la ley del Talión”. Pero no fue una venganza indiscriminada con un afán de exterminio, y resulta desconcertante observar que no se ajustó a unas reglas fijas, sino que dependió mucho de los tribunales concretos y su manera de aplicar una legislación ad hoc.

 

            “Represión masiva no es sinónimo de represión indiscriminada”.

 

En aquellos tiempos salidos de la victoria franquista en la guerra, se hizo preceptivo, judicialmente, el principio de la presunción de culpabilidad, en una muestra de aquella justicia al revés que sabemos la de los vencedores (que consideraron a los suyos asesinados mártires).

Si la represión roja obedeció a una limpieza selectica, también se puede decir de la franquista que fue un politicidio, también un eliticidio.

Dicho todo lo cual, es muy importante leer esta matización aclaratoria de Del Rey:

 

“La guerra obligó a muchos a participar sin quererlo, a tomar partido hasta mancharse. Conscientes de esa variedad de posiciones, las autoridades de posguerra la utilizaron como argumento para encausar y castigar con discrecionalidad a muchos miles de vecinos, aplicando unas penas que una justicia democrática hubiera considerado desmedidas en la mayoría de los casos. A la hora de establecer el alcance de las penas, las autoridades militares tiraron en general hacia arriba, y ante la duda siempre optaron por pecar por exceso que por defecto”.

 

Del Rey es capaz de explicar el seguimiento que muchos españoles hicieron de los golpistas una vez que su fracaso devino en una guerra civil, pero matiza acertadamente que aquella violencia anterior al golpe, aquella “conflictividad ambiental” explica tal respaldo, pero no justifica un golpe que se sabía brutal.

 

            “La guerra nunca fue ni necesaria ni inevitable”.

 

Aquel golpe no fue una solución, más bien fue todo lo contrario: abrió las puertas a la revolución y a la contrarrevolución, a un odio que arañaría con crueldad a la mayoría de los españoles. Aquel golpe causó “un daño irreparable e infinitamente superior al mal que pretendió evitar”.

 

En definitiva

Europa, años 30 del siglo pasado: malos tiempos para la democracia liberal. En ese contexto tiene lugar el golpe fallido de julio del 36 en España y las consiguientes guerra y revolución. Aquellas circunstancias enmarcan las matanzas de la retaguardia republicana, una política de limpieza que respondía al avance territorial de quienes habían desafiado la legalidad por medio de una insurrección militar. De no haberse dado la derrota parcial de aquel golpe militar nunca se habría dado semejante baño de gente en los frentes y en la retaguardia.

 

“El golpe fue el acontecimiento decisivo, el hecho que puso todos los relojes a cero”.

 

A la violencia golpista se respondió con la violencia de quienes se decidieron a defenderse contra el avance de los ultras. El golpe y la guerra consecuente “fueron los factores determinantes de aquella explosión sangrienta a ambos lados de la línea del frente”.

La política represiva en la retaguardia estudiada en el libro (la de la Ciudad Real resistente al golpe y al avance franquista, pero de alguna manera la de todos los territorios en tesituras similares) tuvo diferentes fases:

 

“En primer lugar, la fase de la violencia caliente, que coincidió grosso modo con las dos primeras semanas de la guerra. A partir de agosto y hasta principios de 1937, se impuso otra lógica, la de una violencia fría, coordinada y orquestada por los distintos centros de decisión (comités locales, redes punitivas comarcales, comités de la capital provincial…). Como en toda la España republicana, el grueso de las matanzas se registró en los meses de julio, agosto y septiembre de 1936, decayendo a partir de entonces, aunque en noviembre todavía se manifestó un repunte temporal importante. Desde entonces, el impulso de la violencia se fue apagando al tiempo que se enfriaba la pasión revolucionaria general y se materializaba la reconstrucción del Estado republicano en un sentido más centralizador. La violencia de retaguardia no desapareció por completo, aunque tendió a concentrarse en la trastienda inmediata de los frentes, afectando sobre todo a soldados derechistas denunciados por sus propios paisanos o castigados por intentar pasarse a las filas del Ejército rebelde”.

 

No obstante lo dicho, “la violencia desplegada en aquellos meses decisivos no puede explicarse sólo en virtud de la reacción al golpe de Estado y al desarrollo de la guerra”. Otros factores que pesaron de forma decisiva fueron “los presupuestos ideológicos y culturales forjados desde antiguo, así como los mitos movilizadores –⁠el antifascismo y la revolución, en particular⁠– ligados a la política internacional del momento”. Es decir que aquella violencia revolucionaria estuvo también apuntalada por “el carácter excluyente y radical consustancial a la cultura política de sectores amplios de las izquierdas de entonces”. Dichos sectores tuvieron un compromiso “meramente instrumental” con la República parlamentaria, una forma de gobierno que no estaban dispuestos a hacer pervivir.

 

“El mito del enemigo interior que había que borrar del mapa, de acuerdo con el cual las fuerzas conservadoras tenían que ser apartadas del ruedo político para los restos, constituía un elemento central del discurso político antifascista desde bastante antes de julio de 1936”.

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Ni el azar ni la improvisación fueron las características primordiales de la violencia roja.

 

“En la violencia revolucionaria hubo escasa espontaneidad, muy poco descontrol y sí mucho cálculo racional y premeditación”.

 

¿De dónde salieron los inspiradores y matarifes de la retaguardia republicana? Del Rey comienza por decir que no eran siempre ni incontrolados ni delincuentes comunes. De hecho no lo fueron casi nunca. Aquellos responsables salieron de “entre las fuerzas encuadradas en los partidos, sindicatos y organizaciones juveniles ya existentes, que se habían hecho con el poder local a partir de febrero de 1936. Tras el golpe de Estado estas fuerzas se reorganizaron en los llamados comités de Defensa y en las milicias, protagonistas ambos del proceso revolucionario”.

Fue el desmoronamiento parcial del Estado republicano producido por el golpe militar el que “facilitó la constitución de los poderes revolucionarios”, nacidos ellos y su violencia del fracaso del golpe que devino en una guerra civil. Pero cuando el Estado republicano superó aquellos meses de impotencia con la creación del Gobierno de Francisco Largo Caballero a comienzos de septiembre del año 39 y ejerció su liderazgo “y el ascendiente” sobre las organizaciones obreras, lo que se produjo fue una cierta “pasividad”, un “mirar para otro lado”.

Por supuesto, con el final de la guerra no se puso fin a la violencia:

 

“Al contrario, el Nuevo Estado se edificó sobre la misma política sangrienta y depuradora que los sublevados venían aplicando de forma implacable desde el primer día de la guerra”.

 

La justicia franquista decía de sí misma que era “una política de justa restitución y venganza por las víctimas causadas por la revolución, como si los iniciadores de la guerra nada hubieran tenido que ver de forma indirecta con el desencadenamiento de ese proceso traumático”.

¿Quiénes fueron los causantes de todo “aquel descomunal incendio”? Del Rey finaliza su libro señalándolos:

 

“Fueron los que se levantaron contra la legalidad establecida. Los artífices de la dictadura militar que emergió tras la guerra se emplearon a fondo durante cuatro décadas para difuminar y blanquear sus enormes responsabilidades en aquel estallido sangriento. Varias generaciones de ciudadanos españoles fueron educadas bajo la interpretación sesgada y maniquea que el nuevo régimen forjó sobre sus propios orígenes”.


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José Luis Ibáñez Salas nació en 1963 en Madrid. Se licenció en Filosofía y Letras y se especializó en Historia Moderna y Contemporánea. Editor e historiador, fue el responsable del área de Historia de la Enciclopedia multimedia Encarta, ha dirigido la colección Breve Historia para Nowtilus y ahora es promotor de nuevos proyectos en Sílex ediciones. Asimismo, dirige la revista digital Anatomía de la Historia y es editor de Santillana Educación y socio fundador de Punto de Vista Editores. Su último libro en Sílex ediciones es El franquismo.

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