La dramaturgia española durante el franquismo

Por . 14 diciembre, 2020 en Reseñas , Siglos XIX y XX
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Mi libro La dramaturgia española durante el franquismo (recién publicado por Punto de Vista editores) nace de la admiración hacia un tesoro bibliográfico y artístico cuya memoria corre el peligro de perderse, como ya ocurriera con otros importantes periodos de nuestro patrimonio teatral, oculta y oscurecida por el desinterés, cuando no el desprecio, que las modas y las transformaciones ideológicas y estéticas introducen en la valoración de los hechos culturales del pasado. Esto es así, especialmente, en lo que afecta a la dramaturgia que acaparó los gustos del público y la aquiescencia —previa superación del filtro censor— de un gobierno dictatorial con el que se ha querido identificar esta.

la-dramaturgia-franquismo-cub-510x652En este ensayo no se juzgan los méritos o deméritos de las obras teatrales de aquel periodo histórico en función de la identidad política o ideológica de sus autores; tratamos de ofrecer un análisis sincero y reposado sobre el teatro que se vio en los escenarios españoles durante la etapa franquista, sustentando las valoraciones y juicios emitidos tanto en el bagaje cultural con que nos enfrentamos a esta tarea como en el conocimiento —si mayor o menor, corresponde al lector decidirlo— de la materia tratada, inevitablemente tamizados por nuestra sensibilidad y nuestro posicionamiento personal ante el hecho escénico y literario.

Cientos de textos dramáticos fueron no solo estrenados, sino editados en aquel tiempo, siguiendo una inveterada costumbre decimonónica —la de la creación de colecciones o galerías dramáticas—, arraigada a principios del siglo XX, y que en los años de la dictadura se mantuvo viva gracias a la aparición de la galería teatral por excelencia de este periodo: la colección Teatro de la editorial Escelicer. Cerca de un millar fueron los títulos impresos por esta editorial madrileña en sus veinticinco años de existencia (1951-1976), donde se recoge el muestrario más completo de aquel teatro que vieron nuestros abuelos y nuestros padres, e incluso acertamos a ver nosotros mismos de niños. Todavía me recuerdo en el impresionante y solitario edificio de la calle Comandante Azcárraga, donde se hallaban sus instalaciones, jugando entre las máquinas y unas enormes —desde mi altura— prensas de impresión que a mí me parecían las tripas de un buque, correteando por los diferentes pisos que componían aquella sede en la que, sin yo saberlo, aún se estaban imprimiendo los últimos números de la citada colección.

[En la enorme planta superior del citado edificio vivían mis tíos y primos, y allí solíamos juntarnos toda la familia para pasar inolvidables días de domingo y dichosas veladas festivas. Sirvan estas palabras como entrañable recuerdo a la memoria de mi tío, Andrés Cano, que trabajó para Escelicer y a cuyo cuidado se hallaba aquel templo, quien atesoró numerosos títulos de la editorial, conservados hoy en mi biblioteca.]

Aunque nuestro objetivo principal ha sido reivindicar la dramaturgia que dio vida a la escena española entre los años cuarenta y setenta del pasado siglo, ese teatro comercial que llenó las salas y contó con la fidelidad de un público que lo sostuvo durante varias décadas, hemos creído necesario dedicar asimismo una importante atención a ese otro teatro que, por razones fundamentalmente de carácter histórico-político —cuyo brazo ejecutor era la censura—, aunque también ligadas a un tipo de ofertas escénicas alejadas de los intereses del público teatral de aquel tiempo, normalmente no llegaron a verse en los escenarios, o lo hicieron de forma minoritaria o marginal. En este caso se encuentran tanto la obra de los autores que marcharon al exilio como la de quienes, permaneciendo en España, cultivaron un tipo de teatro alternativo, distinto, divergente de la línea teatral dominante y de éxito entonces.

Unas y otras formas teatrales dan muestra de la riqueza de un género literario y una profesión artística que mantuvo una muy notable actividad en esos años, equiparable a la que había mantenido durante siglos; hasta el punto de que no resulta exagerado afirmar que el teatro español vivió entonces, si no un periodo dorado ni argénteo, al menos una edad de buen bronce, de suficiente valor como para ser tenida muy en cuenta dentro de la historia del arte dramático en España.


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