Ignacio Merino

30 sep, 2011

Ignacio Merino

Lo mío con la Historia fue amor a primera vista. Flechazo certero que aún me tiene corazón, y cerebro, bien prendidos. En el universo histórico encontré cobijo y verdadera vida más allá de la grisalla cotidiana, del espejismo de los sueños. La Historia es el señorío al que juré devoción y lealtad, mi plancton, el compañero fiel que incluso me saca del abatimiento para transportarme al Parnaso de felicidad donde no existe el Tiempo. También ha sido el maestro pedagogo y hasta paidófilo, pues a los cinco años me sedujo sin darme cuenta y desnudó mi alma.

Fue en 1960; sí, ya sé, plena transición del Pleistoceno al Magdaleniense Superior. Acababa de sobrevivir a mi primera hazaña de niño terrible. Caí, por el hueco de la escalera, desde un quinto piso al sótano en casa de mis padres. Mi madre siempre ha dicho que tengo dos ángeles custodios que de esta manera se turnan para tener las 24 horas cubiertas. Me encontraba en el Sanatorio Jolín (¡qué nombre inmenso!) de Valladolid, la ciudad familiar en la que nací y de la que por entonces no sabía que guardaba tantos pliegues históricos. Para quien no haya echado la cuenta aún, fue en 1954, un tiempo aún de autarquía pero con visos de entrar en el abrazo letal del American Way of Life. La añada cuenta con insignes representantes como mi amigo Antonio Resines y otros elementos que me callo por pudor. Pues bien, aquella clínica con forma de chalet suizo a la que los íntimos de mis padres –Miguel Delibes y su mujer Ángeles de Castro- traían jilgueros enjaulados para que me alegraran el cuarto, un día llegó un libraco de apariencia lóbrega y contenido radiactivo. Era un tomo encuadernado de Vidas ejemplares en formato comic de la época, con dibujos preciosistas y el texto en faldón.

Yo ya sabía leer, aprendí solo. No lo digo por presunción, disculpadme, pues mi madre lo repetía con mezcla de guasa e historia inverosímil, sino como testimonio incontestable de la afición a leer con la que venía de fábrica. Mi padre lo corroboraba y contaba que iba deduciendo letras, ligando palabras, a partir de carteles en calles y tiendas, preguntando a mis hermanos mayores, comparándolas yo solo.

Así que aquel libro gordo –debía tener unas 50 biografías- fue el pequeño mar donde aprendí a nadar y bucear por la Historia. Había, sin embargo, algo que me contrariaba: por otras lecturas, y por lo que había visto en la Enciclopedia Álvarez que estudiaban mis hermanos, sabía que además de mártires de Roma, fundadores como Bruno, Bernardo, Domingo o Ignacio o papas de origen campesino, había algo más, anterior, otro antiguo testamento que no cabía en la Historia Sagrada y se refería no a Abraham o Moisés, sino a fenicios, griegos, cartagineses, celtas e íberos. Esa certeza alimentó mi espíritu explorador por el continente que acababa de descubrir. Y también encendió el quijote que, como español letraherido, llevaba dentro: no sólo me enamoré de aquella Antigüedad tan mítica como real sino que recuerdo haber tomado una decisión mientras el cuerpecillo se recuperaba entre poleas, férulas y miembros escayolados: mi misión en la vida sería recuperar la memoria de aquellas gentes magníficas, reivindicar su asombroso legado. Revivirlo, contarlo, darlo a conocer.

Y así comencé a escribir a los nueve o diez años pequeños relatos en los que aparecían púnicos o romanos, caballeros justando por los colores de una dama, bandoleros de faca y catite cantando con su guitarra a la Luna. De entonces a hoy se han ido amontonando las décadas, una a una, y hasta ha cambiado el siglo. Pero yo sigo a lo mío. Sobre avatares a esgalla y bajo padecimientos o amores.

Cuando al fin pude domeñar la vida y conseguí tensar las bridas de los corceles que arrastran la cuádriga que a cada uno nos otorga el Destino, llegó el primer trofeo. Coloqué un libro polémico en Planeta: Serrano Suñer, historia de una conducta. Tuvo muchos, y buenos, entusiastas. Fue el primero de la nueva colección de Historia Contemporánea de la editorial y ocho años después lo reeditó Edaf (Algaba), aumentado, bajo el título Conciencia y poder.

Yo tenía entonces 42 años. Es evidente que a pesar de mi precocidad llegué bastante tarde, pero la cuestión es que llegué donde realmente quería: ser escritor profesional. Una vida aventurera me impidió tener la serenidad que un autor precisa para construir su obra. Desde entonces -1996- he llenado resmas de palabras en un montón de formatos y para distintos fines. He publicado 16 libros, la mayoría relacionados con la Historia y casi todos novelados, pues la Literatura fue la hermana que se unió a la musa Clío para inspirar mi alma de juglar.

Mis estudios superiores, sin embargo, no se dedicaron a la Historia sino a la mente, el conocimiento y el lenguaje, por este orden. Fue así en parte porque cuando empecé en la Universidad de Valladolid en 1971, Medicina oficial y Filosofía libre, duré poco, pues en ese curso en el que me uní a la lucha democrática antifranquista fui detenido, encarcelado y expedientado. La segunda razón fue que diez años más tarde, estando yo ya amnistiado y matriculado de nuevo, el departamento de Historia de la universidad estaba en manos de maoístas tan aburridos como dogmáticos, cuyo sesgado concepto de la Historia me resultaba tan paupérrimo, que no estaba dispuesto a transigir. Entonces preferí estudiar Filología Inglesa.

Mientras tanto había estudiado, fuera de la universidad pública en la que estaba vetado, Psicología en un instituto privado (ISCE) y Filosofía Pura en la delegación de la Pontificia de Salamanca en Valladolid. Luego me hice underground y contracultural, signo de los tiempos. Así que mi bagaje universitario es humanista cien por cien, pero de historia poco, aunque en revistas, congresos o periódicos figure, a menudo y para tormento mío, como historiador. Aún así no suelo protestar y me esfuerzo en mantener a raya escrúpulos academicistas, porque la Historia es mi gran pasión, mi empeño y  una parte esencial en la tramoya de mi obra.

Una obra que aún es exigua, pero en ebullición y maceración continuas. Confío en seguir aumentándola a buen ritmo y que cada vez llegue a más lectores que les guste e inspire. La verdad, no puedo quejarme del eco que han alcanzado algunos de mis libros, aunque siempre se sueña más. Así somos los humanos.

Llego a Anatomía de la Historia de la mano del heroico y ejemplar José Luis Ibáñez Salas, con la ilusión de participar en un proyecto vivo, digno, coherente, que surca el océano cibernético raudo y bravo, con la Historia como enseña y una marinería entrenada y capaz. Es un honor ser uno más y un auténtico placer la singladura, que espero larga y venturosa.

Otros libros míos son Los dominios del lenguaje, Elogio de la amistad, Amor es rey tan grande, La Ruta de las Estrellas, Por El Empecinado y la libertad, El druida celtíbero, Biografía de la Gran Vía y Alma de juglar. De 2013 es Serrano Suñer, valido a su pesar.

En prensa y radio, he colaborado para el diario El Mundo como columnista con la serie Polos opuestos sobre personajes antagónicos de la Historia, el arte, la política y la literatura; he sido crítico literario en La Esfera de los Libros (1998-2000), he escrito cerca de 200 artículos en Historia y Vida, La Aventura de la Historia, Época y Tiempo. Director del programa Claves de la Historia en Radio Intercontinental, asimismo soy colaborador asiduo de Radio Nacional y Radio5 y esporádico de otras cadenas.

También fui socio fundador de Literalia.tv, canal audiovisual on-line sobre literatura; presidente de Ágora, asociación del Ateneo de Madrid para el diálogo cultural y soy Maestro Masón de la Gran Logia Simbólica Española, corriente liberal, adogmática y mixta de la Francmasonería universal.

Mi querido maestro: