Juan Carlos Herrera

24 may, 2011

Nací el mismo año que murieron personajes de la talla de Aldous Huxley, Cernuda, Gómez de la Serna, John F. Kennedy y el papa Juan XXIII, aunque evidentemente yo no tuve nada que ver con los decesos de tan insignes finados. Simplemente era un recién nacido que no sabía en aquellos momentos que iba a ser un apasionado de la Historia.

He de reconocer que llegué al interés por dicha rama del saber por el camino de la Filología Clásica, titulación que me sirve para vivir de la docencia, trabajo al que me dedico, debido a la gran labor que hicieron mis antiguos profesores cuando yo era un joven estudiante de Secundaria. Sin duda, los años más felices de mi vida académica los pasé en el Instituto; por ello creo que me dedico a la enseñanza. Las experiencias en el aula me proporcionaron la base para publicar unos materiales didácticos aplicados al aula sobre Mitología, además de dos manuales de Lengua Española.

Mi interés posteriormente se ha centrado en el siglo XIX, lo que me llevó a publicar con Paracelso la biografía del médico Francisco Javier de Balmis, por la admiración que sentí ante su hazaña al transportar la vacuna de la viruela por el mundo. La inclinación por dicho siglo me empujó a traducir las memorias de Henri de Jomini, un coronel suizo que, bajo bandera francesa, luchó en nuestra Guerra de la Independencia; trabajo editado por el Servicio de Publicaciones del Ministerio de Defensa.

A la par que esto ocurría, el azar caprichoso quiso que tuviera un encuentro casual y afortunadísimo para mí con Nowtilus, de la mano de José Luis Ibáñez Salas (el entonces director de la colección Breve Historia y editor de esta Anatomía de la Historia que transitas), con quienes deseo tener una larga y muy fecunda relación editorial, de momento plasmada en mi Breve historia del espionaje.

Mi querido maestro: