Luis Enrique Íñigo Fernández

22 may, 2011

¿Qué decir de uno mismo? ¿Cómo saber, después de todo, en qué momento preciso empezó a gestarse una vocación que, con el tiempo, llega a marcar tu vida? La historia, eso sí lo sé, me gustó desde muy pequeño. Como a casi todos los historiadores, el gusanillo empezó a picarme con las películas de romanos; Espartaco, de Stanley Kubrick, sobre todas ellas. O quizá si lo pienso mejor, los comics de Astérix habían abonado ya el terreno, pues el primero que leí, La residencia de los dioses, lo hice con sólo seis años, mucho antes de entrar por vez primera en una sala de cine. Luego cambié de opinión. Me gustaban los romanos, pero no su idioma. Y por entonces, ya en el último año de instituto, había visto muchas películas de la Segunda Guerra Mundial. La Historia Contemporánea parecía la elección natural.

Mi otra vocación, la docencia, llegó por entonces. Mi profesora de 1º de Bachillerato, Victoria Cuevas, catedrática en el Cardenal Cisneros de Madrid, explicaba el pasado como los ángeles. Su forma de analizar los procesos y utilizarlos para arrojar luz sobre los hechos aún determina mi concepto actual de la Historia como disciplina. Así que a los catorce años lo decidí: quería ser profesor de instituto, profesor de Historia. Y lo fui. A los veintitrés años aprobé la oposición y empecé a dar clases. En un instituto de la madrileña localidad de Alcorcón.

Pero llegó la LOGSE y con ella mi primera plaza en propiedad. ¡Sorpresa! No era en un Instituto de Bachillerato, sino de Formación Profesional. Y de Historia, poco. Casi me tocaba explicar de todo menos Historia. ¿Cómo reaccioné? Empecé el doctorado. Y así descubrí mi tercera vocación: escribir. Primero escribí sesudos trabajos de investigación, libros gruesos como ladrillos que nadie lee, pero decoran los estantes de muchas bibliotecas universitarias, y me hice doctor en Historia Contemporánea. Pero con el tiempo lo tuve más claro: enseñar me gustaba más que investigar, pero escribir seguía gustándome mucho. La salida sólo podía ser una: la Historia divulgativa. Me puse a ello. Maeva publicó mi primer libro, una Historia de Occidente contada con sencillez; Nowtilus, un encuentro providencial, todos los que la han seguido. Y van cinco. No vivo de ello, por supuesto. Vivir de esto es muy difícil. Por el camino me hice inspector, y de ello como. Pero no os relajéis: os amenazo en firme con escribir muchos más. Ah, y nací en 1966 en Guadalajara. Por acabar por el principio.

Mi querido maestro: